Para quienes no lo conocen Antonio López nació en La Mancha, España en 1936, pocos meses antes de la guerra civil.

Es el pintor que protagonizó el film de Víctor Erice “El sol del membrillo”, una reflexión sobre el ser y los objetos en el tiempo.

Y toda la obra de Antonio López ronda el tema de los objetos en relación al paso del tiempo con su extremo realismo, su deterioro, y su mirada contraria a una sociedad de consumo donde el objeto brilla por su novedad. López, a veces, tarda años en pintar un cuadro, esa es otra característica de él.

La primera pregunta que suele surgir al contemplar su obra es: ¿cuál es el sentido de una pintura enormemente realista en el siglo de la fotografía, el cine y la televisión? ¿cuál sería la propuesta después del surrealismo, el dadá y el pop? ¿en que consistiría su estatuto ético?

 

 

Encontramos ese sentido en una reubicación , algo así como una alerta de la mirada, de una mirada demasiado acostumbrada a contemplar imágenes precisas, como éstos óleos, pero que siendo exageradamente aceleradas y selectivas de un sector de la realidad que por lo menos podría calificarse de efectista, con sus pretensiones de exactitud, crean un mundo que aunque verosímil recorta el transcurso del tiempo necesario para petrificarse en una posición meramente pasiva ante los acontecimientos.

 

La obra de López “abre un mundo”, como toda gran obra, que hace patente con su verdad la diferencia con la verosimilitud (apariencia de verdad) del mundo en el que solemos habitar, y en ello radica su justificación y estatuto ético: hacer patente, en el afuera, una apariencia de verdad que es la del mundo del consumo opuesta al de la producción.

 

La obra de López es un llamado al sujeto, apunta a la comparación con una oferta masiva de imágenes cuyo efecto es el de una desrealización del tiempo y los espacios.

 

En otras palabras, hay mucho más dolor de existir en un cuadro como por ejemplo “Terraza de Lucio” que López pintó entre 1962 y 1990, que en un noticiero que nos bombardea con cientos de imágenes aceleradas de accidentes o muertes.

 

El efecto histerizante , disociador que produce la oferta masiva de imágenes documentales por televisión queda sorteado por una mirada cuidadosa y detallista sobre la realidad que convoca al observador.

 

Cuestiona la diferencia entre ficción y realidad.

 

En “Ventana por la tarde” por ejemplo, que pintó entre 1974 y 1982, vemos un paisaje suburbano y descampado a través de la ventana del estudio de López. Ese recorte que opera la ventana, con sus diferencias lumínicas, es más un recorte sobre la verdad que sobre una porción de realidad.

 

Esto nos conduce a la cuestión del realismo como género, término que contiene muchos sentidos.

Y también a una cierta mitificación que a veces encontramos en la gente de cine, y casi siempre,en el público, acerca de la autenticidad del documental y la fotografía, y en última instancia remite a la desmitificación de la técnica, siempre instrumentada desde el punto de vista de un observador, siempre subjetiva.

Subjetividad que la obra de López no oculta y éste es otro de sus valores a considerar.

 

Así, éste nuevo realismo de López, queda justificado, por su estatuto verdadero.