Cuando uno lee autores como Peter Brook ( autor teatral) parece que la grandeza y actualidad de una obra monumental como es la de Shakespeare residiría sobre todo en la supuesta ausencia de una interpretación de la realidad, en el hecho de pintarla tal cual es.

Esta idea de Brook que nos parece por lo menos imprecisa creemos entenderla mejor cuando el autor señala que el error de mucha gente de teatro ha sido comparar a Shakespeare con otros autores cuando esa comparación es errónea dado que los otros autores hacen su propia y actual “interpretación de la realidad”.

Creemos que a lo que quiere apuntar Brook es al hecho de que Shakespeare se sitúa más allá de la ideología de su época y de allí que, en apariencia, no exista “interpretación” de la realidad, cosa de por sí, imposible para cualquier humano, ya que el hombre, al no tener acceso directo a la vida, es decir a lo real, no tiene más remedio que interpretarlo.

¿ Pero es capaz el hombre de remontarse más allá de las limitaciones que le imponen las ideologías de su tiempo ?

 

Parece que Shakespeare es uno de esos casos y sostenemos que ésto es debido a la ausencia en él de un ideal de identidad, tratándose de un deseo que va más allá de un ¿quién soy?

 

Si algo acribilla el mito de las grandes personalidades, es una obra como la de Shakespeare, arrasando, además, con el del que un gran artista supone una gran personalidad y una definida identidad.

 

 

La interrogación sobre Shakespeare creemos, debe considerarse más bien en torno al deseo y al conflicto humanos, a la imposible armonía que tantas veces pretenden los hombres, ilusoriamente;

Shakespeare pertenece a un período histórico disolvente, donde los ideales decaen, y es más factible la emergencia de lo clásico.

 

Otro mito moderno que la universalidad y alcance de su obra pone en cuestión es de que talento e inteligencia tendrían poco que ver, mito que supone una escisión demasiado tajante entre lo imaginario y lo simbólico y que no coincide con la universalidad de una obra que como tal tuvo que ser pensada, reflexionada. En el viejo mito de la “inspiración” parece no haber lugar para la reflexión.

 

Pero lo que más nos interesa poner de relieve aquí es el quiebre de la ilusión de “identidad” que supone la obra de Shakespeare, al punto de que algunos autores dudan de si se trata de la misma persona.

 

Para ello vamos a recurrir a un texto de Borges (que recomendamos leer) de su libro “El Hacedor”.

El texto se denomina “Everything and Nothing”, es decir: “ Todos y Nadie” y pertenece a los años 60.

Comienza Borges con éste párrafo contundente y anticipatorio: “Nadie hubo en él; detrás de su rostro ( que aún a través de las malas pinturas de la época no se parece a ningún otro ) y de sus palabras, que eran copiosas, fantásticas, y agitadas, no había más que un poco de frío, un sueño no soñado por alguien “.

Y más adelante: “Veinte años persistió en esa alucinación dirigida, pero una mañana lo sobrecogieron el hastío y el horror de ser tantos reyes que mueren por la espada y tantos desdichados amantes que convergen, divergen y melodiosamente agonizan. Aquel mismo día resolvió la venta de su teatro ( … ) tenía que ser alguien; fue un empresario retirado que ha hecho fortuna y a quien le interesa los préstamos…”

 

Borges imagina un Shakespeare en el que predomina el vacío de sentido, la falta de certeza en sus identificaciones, características que precisamente bien podrían explicar su ductilidad y talento sobresalientes y la nostalgia de una identidad que no es más que una nueva ilusión del Yo, pero una ilusión que podría tranquilizar a un sujeto singular demasiado expuesto a la angustia de tal vez, no reconocerse.

 

Es interesante también el hecho de que Borges apunta con este texto a que el reconocimiento que proviene desde afuera, desde los otros, como hubiera querido Sartre, es insuficiente por lo menos. Y también la idea de que es insoportable el permanecer en una posición siempre tan cercana a la verdad.

 

Del mismo modo que Lacan en “Algunas reflexiones sobre el Yo”, Borges ironiza sobre la supuesta dicha y el supuesto logro de una síntesis identificatoria que haría creerse a su beneficiario en el lugar de un modelo a seguir.

 

Si Shakespeare ha sido tomado como modelo a seguir es precisamente por situarse en el lugar opuesto , como una identidad que el deseo (dimensión ética) no permite cristalizar como tal.

Esta falta de estructuración estable de Shakespeare es lo que lo ha convertido, hasta hoy, en un maestro, lúcido hasta el final, según Borges, él mismo reconocería que la autoría podría ser otra ilusión.