Es  frecuente la confusión entre una concepción romántica del arte y un punto de vista ético sobre el mismo, esta confusión suele deberse a que se considera romántico cualquier punto de vista que vaya más allá de una adaptación conformista a la realidad.  Por ésta razón despejaremos la duda, a veces error, por encontrarse demasiado extendido a causa de la vulgarización del término romanticismo.

 

El romanticismo comienza hacia finales del siglo XVIII y se extiende hasta aproximadamente mediados del siglo XIX.  Surge como un gran movimiento cultural que reacciona contra la Ilustración y el postulado del dominio de la razón como quería Kant.  Por ésto no es casual que aparezca al comienzo en Alemania y deje huellas muy duraderas hasta nuestros días.

 

Sus nuevos lemas consisten en proponer la exaltación del sentimiento, la imaginación, la vivencia, la nostalgia y ubica por primera vez en un lugar muy importante a la obra de arte, pero también a la naturaleza.  En pintura, es fácil reconocerlo observando a un Turner, por ej., en literatura a Coleridge, en música a Beethoven.

 

Los problemas sociales no fueron un tema de interés en ésta etapa, o mejor dicho, lo social quedó en segundo término en relación al interés puesto en el vínculo entre el Yo y el infinito, el Yo y su imposibilidad de alcanzar completamente al otro, es decir, la soledad del hombre; pese a ello hay obras románticas interesadas por lo histórico y político, de hecho la novela histórica aparece en éste período.  Tampoco fueron de interés las cuestiones del pensamiento, y es allí donde se abre una gran diferencia con lo que llamamos un punto de vista ético de la obra de arte, ya que éste abarca cualquier cuestión que interese a la realidad incluída la social, los procesos de la razón o el pensamiento, la ciencia, etc.

 

Para el punto de vista ético-psicoanalítico no importa tanto la carga de sentimiento que pueda tener una obra sino su diferencia, su singularidad, las puertas del mundo que abre, que despeja y pone en evidencia sin antes estarlo.

La ética romántica es una ética de la rebeldía, pero la psicoanalítica es la del no sometimiento, que es otra cosa.

 

Un ejemplo claro podría ser una obra como la de Andy Warhol, que evidencia una sociedad que produce cada vez más deshechos, y otras veces, imágenes que evocan la violencia y la deshumanización de la sociedad. Es decir, una ética de la denuncia.

En la obra de Warhol, como en la de un B. Brecht, es notable que no siempre se trata de una apelación al sentimiento del espectador ( como en el caso de los románticos ) sino a su reflexión que, a veces, puede además, tocar su sensibilidad, aunque ésto no es imprescindible.

 

Para un punto de vista ético-psicoanalítico, a diferencia del romanticismo, la obra de arte no está obligada a despertar intensos sentimientos, ni su función es la de producir una catarsis en el espectador como han sostenido algunos autores, sino que su objetivo es develar, poner en operación a la verdad, y es por ésto que el acto creador conlleva siempre un pasaje por la angustia.

 

Podemos observar que a nivel de masas, el romanticismo se ha vulgarizado a tal punto que una enorme cantidad de público espera en la obra de arte la catarsis, la descarga de sentimientos y deshecha o minimiza la reflexión.