La histeria es la neurosis (enfermedad mental que se caracteriza por la represión como defensa) a través de la cual Sigmund Freud descubrió el psicoanálisis.

Sus pacientes histéricas, mujeres en su mayoría, le contaban relatos de abusos sexuales en la infancia, que Freud, más tarde, descubriría, la mayoría eran fantasías sexuales de las pacientes.

Freud, desilusionado piensa que sus pacientes histéricas lo han engañado.

Sin embargo en ese engaño hay algo de verdad, la “verdad” del trauma sexual, que hace que la sexualidad humana, en general, se destaque por su desarreglo fundamental, cosa que el psicoanalista francés J. Lacan expresará con su fórmula “No hay relación sexual”, hay coito pero no “relación sexual”, no hay un sexo hecho para otro, la relación entre los sexos es disarmónica.

La histérica, en el fondo, lo sabe, pero no quiere asumirlo. Fijada en su bisexualidad (universal a los humanos según Freud), la posee el deseo de dominar el deseo, lo cual la deja en una eterna insatisfacción ya que al deseo no lo domina nadie.

Hay dos clases de histeria: la de conversión, inervación somática de un órgano debida a una fijación sexual, hace que ese órgano este como enfermo, pero a diferencia de la somatización, la conversión es sensible a la palabra, es alcanzada por la palabra del analista puesto que se trata de un síntoma de conversión, como la parálisis en la pierna de una paciente de Freud que había cuidado y apoyado su pierna en el padre, y esta se sexualizó; Freud curó este síntoma con la palabra.

La otra histeria es la de angustia o fobia, la angustia es el síntoma principal y puede, de ser temida, convertirse en fobia, por ejemplo a los animales, como la fobia a los caballos del caso Juanito de Freud ”Una fobia en un niño de 5 años”.

Pero el deseo insatisfecho de la histérica, lo que la caracteriza: es universal, también.

Todo ser humano aunque sea normal se caracteriza por unos deseos insatisfechos en su haber. Síntoma muy habitual en la histeria de conversión, es la frigidez, que no conviene que la trate el sexólogo, ya que sería una manera de no respetar el síntoma (y al síntoma es imprescindible respetarlo) sino el psicoanalista.

Debemos a las histéricas, ya lo reconoce Freud, el descubrimiento del valor de la palabra a la hora de la curación y el de la asociación libre como modo de acceso al inconciente.

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